In-acción

 En la vida, tarde o temprano, siempre llegamos a momentos críticos, a cruces de caminos, en los que podemos coger las riendas y decidir lo que es mejor para nosotros o por el contrario no hacer nada y dejar que la vida nos lleve a la deriva, a merced de la corriente y confiar en que la fortuna haga su trabajo.

Cada persona tiene sus circunstancias, las cuales, por una extraña razón, siempre son peores que las de la persona de al lado (curioso cuando menos). Está claro, que sobre esas circunstancias, no podemos influir. Por desgracia, eso no está en nuestras manos.

Ante esto, simplemente podemos tomar 2 caminos de sentido opuesto.

El primero de ellos, el que llamaremos opción 1, es utilizar estas circunstancias para justificar nuestra inacción, basta un "es que así es imposible", "es que es muy difícil", "mira esos tampoco pueden", "aquel si que puede, pero es que él es diferente,...". Con eso intentaremos engañar a nuestra conciencia, haciéndole ver, que prima nuestra supervivencia, nuestro ahorro de energía en una empresa del todo imposible. Y digo "intentaremos engañar", porque si rascamos un poquito, será difícil sentirnos satisfechos con lo hecho, o mejor dicho, con lo no hecho. Simplemente estaremos maquillando la situación y daremos una patadita hacia adelante intentando salir lo más indemnes posible, al menos, por ese día.

Si esto, lo aderezados con un grupo de personas sumidas en los mismos temores que nosotros y con un deseo tremendo de que alguien les corrobore su gran evaluación sobre la imposibilidad de la meta, ya si que tenemos la justificación definitiva para asumir que las circunstancias eran insalvables y que sólo nos queda resignarnos a que la fortuna no nos sonrió esta vez, como las 50 anteriores.  Como si nosotros, como centro del universo que somos, mereciésemos que los dioses hicieran cola para solucionar nuestros problemas y darnos una vida de ensueño.

Pues lamentablemente, el centro del universo nos queda a unos pocos miles de millones de años luz. Mala suerte.

La realidad, es que nuestras quejas y excusas no van a ser escuchadas por los dioses, si acaso, por algún voluntarioso amigo que poco o nada podrá hacer y que en el mejor de los casos nos podrá dar un buen consejo que por supuesto, podremos rebatir con nuestra montaña de excusas, peros y circunstancias diferentes al resto de la humanidad.

Pero afortunadamente para todos, hay otra opción. Algunos dirán "sí, ser valiente", pero claro, nuestras excusas volverán a ponerse en funcionamiento y rápidamente aludirán a que: "Es que yo no soy valiente. Él sí que lo es". Y con ello, una vez más reafirmaremos nuestra mala fortuna y nuestra desgracia por no haber nacido cual William Wallace. Esto último roza la mezquindad, ya que no conformes con justificar nuestra actitud ante las cosas, echamos por tierra el esfuerzo de los que sí pusieron de su parte, de los que sí decidieron intentarlo con todo su esfuerzo, empeño, y sufrimiento. Y todo ello con la firme intención de, al menos, poner todo lo que estaba en su mano para (circunstancias a parte) intentar lograr aquello que deseaban o incluso merecían.

Y esa es la opción 2, poner de tu parte, actuar y luchar por lo que mereces. Sin duda, está opción tendrá menos adeptos. Y es así, por la sencilla razón de que requiere de esfuerzo, sufrimiento, malos ratos, desvelos y tropiezos. Y en muchos casos, todo, sumido en la más absoluta soledad. Y todo ello, tendría un pase, si el éxito estuviera garantizado. Pero lamentablemente no es así. Todo esa entrega, no cuenta con la más mínima certeza de lograr el éxito.

Y es por eso que la opción 1 cuenta con un ejercito de seguidores. Es la opción "fácil", simplemente debemos resignarnos y justificarnos junto al resto de la manada, que encantada nos acogerá en su seno.

Respeto totalmente a los que elijan cualquiera de las 2 opciones, en ambas, uno debe ser responsable de sus actos o "no actos". Si bien, pongo en incalculable valor, la opción 2. La de luchar por aquello que quieres para tí, ya sea en lo laboral, en lo personal, lo sentimental o cualquiera que sea el objeto de tus desvelos. Una opción ingrata, por supuesto. Aquella en la que puedes dejarte el alma y no lograr nada. O mejor dicho, casi nada. Porque la gran diferencia con la opción fácil, es que asumirás el resultado con la serenidad de haber hecho todo lo que estaba en tu mano para lograr lo que deseas y la tranquilidad de haberte atrevido a cambiar para lograr lo que para otros, simplemente, no es alcanzable. Y quizá, y seguramente aquí peque de optimista, en algunas ocasiones logres aquello que perseguiste y que sólo tú sabes el esfuerzo que te ha supuesto. Lo que te hará disfrutar más aún del resultado.

Y disculpen que ose dar lecciones sobre la vida. Es lo que tiene ser un soñador empedernido, que piensa que en la vida vale la pena luchar por lo que quieres y morir en el intento. Y es que no se me ocurre mejor manera de morir que peleando por lo que deseas, por aquello que te hará feliz. Porque quién sueña grande, vive grande.

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